Hay un virus que infecta a casi todas las empresas.
Se llama «hacer lo que hacen todos», aunque la psicología le puso un nombre más elegante: groupthink.
Yo prefiero llamarlo «el comité de las ideas descafeinadas».
Empieza con una reunión.
Alguien propone una idea.
Otro asiente.
El director dice que «tiene sentido».
Y en menos de diez minutos todos salen convencidos de que han descubierto la pólvora…
…cuando en realidad acaban de fabricar otro PowerPoint que olvidarán antes del café.
Ahora dime una cosa.
¿Qué ocurre cuando esa forma de pensar llega al merchandising corporativo?
Exacto.
Las mismas botellas.
Las mismas libretas.
Los mismos bolígrafos.
Las mismas cosas de siempres que acabarán en Wallapop.
Luego llegan las preguntas existenciales: «¿Por qué nadie habla de nosotros?»
Porque haces y dices exactamente lo mismo que el resto.
Y cuando haces y dices lo mismo que todos…
Tu marca se convierte en vulgar y el tiempo que sobreviva lo hará entre la indiferencia y tus agobios.
Pero no todas las marcas premium no juegan a eso.
La hay que buscan generar conversación.
Buscan generar un: «¿Dónde has conseguido eso?»
Algo que vale mucho más que miles de impresiones en redes sociales.
Porque un regalo extraordinario sigue vendiendo cuando se apaga la pantalla.
Mientras otros siguen repartiendo merchandising que nadie recuerda, tú puedes unir tu nombre a una gran marca.
Y eso solo trae beneficios.
Eso no es un gasto.
Es memoria de marca.
Y la memoria vende.
Si eres de los que piensa que quizá ha llegado el momento de dejar de pensar como el comité… y empezar a parecer la marca que dices ser.
Los amateurs compran merchandising para tachar una casilla. Los profesionales crean recuerdos de marca.


