No sé si estás familiarizado con el concepto de interés compuesto, pero, por si acaso, te lo cuento.
El interés compuesto es el interés que no se cobra, sino que se incorpora al capital.
Si tienes cien euros al 10 % al año, habrás generado diez euros de intereses.
Puedes coger esos diez euros y gastarlos o añadirlos al capital. Si los añades al capital, el año siguiente generarás el 10 % de 110 €, que son 11 €.
Cuando eso ocurre durante el tiempo suficiente, el crecimiento es exponencial. Se convierte en algo cuyo fruto no se recoge, sino que se acumula.
Pues resulta que a toda la gente a la que le va bien en la vida es la que se centra en tareas así.
Tareas que no reciben compensación inmediata, sino que sus resultados se acumulan. Con el tiempo, el dinero empieza a entrar a lo loco.
Es una suerte que sea así porque es lo que aparta a los flojos del camino. Los amateurs de la vida, cortos de visión, son incapaces de verlo.
Toda la gente que hace dinero, sin excepción, lo hace así.
No esperan resultados inmediatos; renuncian a las exiguas ganancias a corto plazo en busca de las grandes ganancias a largo plazo.
Pero los seres humanos estamos cableados para buscar la gratificación inmediata: preferimos Netflix ahora que tableta dentro de seis meses.
Pues bien…
Ese es el valor de los regalos corporativos premium.
Un bolígrafo barato que busca la gratificación inmediata (cerrar un pedido) huele de lejos a necesidad y no construye nada.
Puedes crear un pedido hoy, pero no estás ganando un cliente de por vida.
Un regalo de verdadero valor se pega como un chicle a tu zapato en la mente del cliente día a día, mes tras mes, año tras año.
Y ahí es donde está el dinero.
Cada impacto de calidad suma al capital de la confianza que ese cliente deposita en ti.
Con el tiempo, eso te genera un crecimiento exponencial que se traduce en recomendaciones espontáneas y renovaciones sin discutir el precio…
Y una fidelidad que tu competencia no puede igualar por muchos descuentos que ofrezca.


