¿Quién eres y por qué deberíamos hacerte caso?

Los tiempos han cambiado, el mundo ha cambiado, y el online más. Casi todo lo que había en el internet de hace 6 años es diferente.

En los últimos años internet se ha llenado de gente que habla de negocios online y de libertad para hacer con tu tiempo lo que quieras… pero no tienen negocios, ni dinero, ni mucho menos libertad.

Han inundado las redes sociales, seguro que lo has visto.

Vendehumos que intentan colarte su curso, su enlace de afiliado, ganar un suscriptor… o lo que sea que ofrezcan.

No quiero que se me mezcle con ellos.

Hola, soy Carlos Martínez, fundador de Hijos de la Logse, y aunque no nos conocemos, eso no tiene por qué ser malo.

Con los niveles de ego que circulan por internet y la importancia que todo el mundo le da a la marca personal, podría ser un famoso gurú del marketing o un vendepeines con gafas amarillas y no lo sabrías hasta que fuera tarde.

Míralo así: las canciones de Alaska son igual de buenas aunque en su casa la llamen Olvido y vista alpargatas en vez de botas de plataforma. 

Pese a que soy un ignorante, he acabado montando una membresía sobre negocios online (https://wakadoo.es/hijos-de-la-logse/), donde ayudo a emprendedores a crecer en internet desde cero y de manera sostenible.

Sin socios, sin inversores, sin empleados.

Llevo desde 2015 ensayando, observando, leyendo, probando, metiendo la pata, perdiendo ventas y pasta e incluso, a veces, haciendo el ridículo, no pensando en otra cosa.

Y gracias a eso, no trabajo en lo que no creo, ni necesito hacer falsas promesas, ni convertirme en alguien que no soy.

Si quieres investigarme, adelante; arriba tienes mi perfil de LinkedIn.

Y si no, te ahorro el trabajo.

Tengo 50 años, tres hijos y soy autónomo.

En una vida anterior trabajé para grandes farmacéuticas, en enormes edificios de oficinas.

Nada demasiado épico, pero suficiente para darme cuenta de algo importante: no quería seguir por ahí.

Había asumido como normales cosas como:

  • Levantarse cada mañana para ir a un trabajo que no me gustaba.
  • Pasar 8, 9 o 10 horas con zapatos apretados y ropa incómoda.
  • Desayunar, comer y merendar en el trabajo.
  • El síndrome del domingo por la tarde.

Pero no lo son. 

Eran señales de que odiaba mi trabajo. 

Me costó mucho tiempo resetear esa información y pensar en otras opciones.

No quería cambiar horas por dinero mientras alguien decidía cuándo trabajaba, cuánto ganaba y cuándo podía irme a mi casa a tomar una cerveza fría.

Con los años he descubierto que hay otros caminos, más rápidos y que no dependen de tu fama, de tu apellido o de tu suerte.

Por eso me metí de lleno en el mundo de los negocios online y monté esta membresía.

No tengo ninguna habilidad especial, no estoy licenciado en marketing, no tengo un máster de la London Business School of Economics y la palabra «empresario» me viene muy grande. 

No soy experto en nada. Ni en diseño web, ni en programación, ni en plugins raros de WordPress, ni en SEO, ni en SEM, ni nada de eso. 

Todo mi conocimiento sobre crear y escalar negocios online está basado en el sentido común más elemental y primitivo. 

Como carezco de talento, basé todo mi método en leerlo todo y observar a los mejores. 

Pegarme a ellos como una garrapata enamorada y probar en cada uno de los negocios que he montado todo lo que hacían, sin cuestionarme si me gustaba o me aterrorizaba, hasta que a mí también me funcionaba. 

En algún momento me pareció que era una buena idea empaquetar todo ese aprendizaje, ponerlo en bonito, servirlo listo para consumir y, por supuesto, cobrar por ello. 

Y en esas andamos.

En fin… no me quiero enrollar más.

Aunque deja que te cuente algo para terminar:

Cada septiembre en mi pueblo, la gente hace fila a las puertas del polideportivo. 

¿Para agredir al alcalde?

 ¿Para votar un referéndum de independencia? 

No. Nada de eso. 

Son las fiestas patronales y el aperitivo es gratis. 

Pincho de tortilla, pan de hogaza y cerveza calentorra. 

Mis amigos y yo nos vamos al bar de la Plaza, donde el dueño saca unas jarras del congelador y nos sirve una cerveza bien fría. 

Botellín del tiempo en vaso de plástico gratis contra jarra helada pasando por caja. 

¿Conclusión? 

Lo bueno se paga para que siga siendo bueno. 

Dicho esto…

Si algo de lo que has leído aquí ha despertado tu curiosidad… 

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